Recordando a un arquitecto bisiesto

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Vista aérea del Centro Insular de Atletismo de Tenerife. AMP Arquitectos, 2007

Hace cuatro años moría José María Rodríguez Pastrana Malagón, un arquitecto tinerfeño que fue especial de una manera constante y que siempre se distinguió por hacer las cosas de otra manera. Incluso, su muerte ocurriría un 29 de febrero, un día singular y bisiesto que solo se repite cada cuatro años. De repente, en un soplo -casi sin darnos cuenta- ha pasado ese cuatrienio que es un lapso temporal que se me antoja inmenso. Por ello, es un buen momento para que lo recordemos con afecto aquellos que compartimos trance vital con él.

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Conocí a José María en los lejanos años en que se fundaba la Escuela de Arquitectura de Las Palmas de Gran Canaria. Ambos formamos parte del grupo de estudiantes que iniciaba el primer curso que se desarrolló en aquel centro docente, entre 1969 y 1970. Luego tuve la oportunidad de compartir con él otras numerosas vicisitudes universitarias, para acabar juntos los estudios en Barcelona, siete años después.

Recuerdo pasar mucho tiempo junto a él durante varios meses trabajando codo a codo con un objetivo común. Eran largas jornadas transcurridas en una oficina solitaria del ensanche barcelonés que nos habían prestado para preparar el proyecto de fin de carrera. Su constante buen humor e indestructible optimismo nos mantuvo el animo a los dos pensando los pormenores de sendos edificios, durante aquellas largas y tediosas horas pasadas frente a un tablero de dibujo. Al principio, al volver a Canarias, compartimos otras muchas peripecias profesionales y de amistad. Luego nuestras vidas se separaron: él formó el equipo de arquitectos AMP (Artengo, Menis y Pastrana) junto a otros compañeros y yo seguí otros derroteros en la administración y la realización de una obra propia. Siempre mantuvimos una relación fluida y de respeto mutuo.

Visto en la distancia del tiempo transcurrido sorprende la importante aportación cultural que José María llegó a producir para una comunidad como la nuestra situada en un lugar apartado en medio del océano. A colación de lo anterior, y si se ve en retrospectiva, resulta sorprendente que un lugar pequeño como Tenerife fuera conocido por la excelencia de su arquitectura durante los años que se sitúan próximos al cambio de milenio. Baste como ejemplo, recordar la exposición “On site. New Spanish Architecture” que se celebró en el Museo de Arte Moderno de Nueva York en 2006, en la que se mostraron 53 proyectos españoles, elegidos por Terence Riley, entonces conservador de arquitectura de ese reconocido centro. De aquellos edificios destacados entonces, cuatro estaban en el archipiélago y tres se situaban en nuestra isla: la nueva terminal del Aeropuerto de los Rodeos, la Escuela de Artes Escénicas de Santa Cruz de Tenerife y el Estadio de Atletismo de Tíncer; éste último de Artengo, Menis y Pastrana. Una selecta y asombrosa colección de obras de arquitectura que nos debe llenar de orgullo por su proporción en número, calidad representativa y excelencia artística.

Y ese reconocimiento internacional fue el resultado de un esfuerzo al que contribuyó enormemente José María Rodríguez Pastrana Malagón. Y es que los arquitectos que conformaron AMP buscaron denodadamente difundir su trabajo más allá de nuestra reducida geografía. Y alcanzaron en ello un enorme éxito, que hoy ha sido cubierto con un manto de olvido. Como si hubiera sido fácil que más allá de nuestras orillas a los canarios, se nos identificara por una arquitectura de excelencia. Ellos abrieron un camino imaginario común que luego otros han seguido y que todavía representa favorablemente y como artistas relevantes a los arquitectos canarios fuera de las islas.

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Espacio interior del la sede de la Presidencia del Gobierno de Canarias. AMP Arquitectos, 1999

Inicialmente, los amigos de AMP buscaron en sus obras una expresión cultural peculiar que partía de la admiración y el ejemplo del Le Corbusier tardío. Unas arquitecturas de hormigón descarnado que en su brutalidad intentaban rememorar la crudeza de la piedra. Luego, los edificios que quisieron hacer pasaron a concebirlos como unas piezas volumétricas más idiosincráticas e innovadoras, que querían entroncar con el paisaje local, con la expresión de las lavas y el diálogo con los horizontes. Un informalismo irregular que dialoga en cierta manera con la arquitectura tradicional del archipiélago, siguiendo ese hilo de siglos que refleja una manera peculiar de hacer. Ahí está la magnífica recuperación del patio abierto mudéjar de la casa Hamilton, inserto en el edificio de la sede de la Presidencia del Gobierno Autónomo en Santa Cruz de Tenerife, una de sus últimas y más conocidas obras.

Pero es que generar obras de arquitectura bien hecha y ajustadas a unas necesidades concretas no es suficiente. Para tener un valor cultural, local y universal, tiene que expresar estéticamente su momento, como buscaron y lograron estos edificios de AMP. Una época marcada por la búsqueda de una identidad propia y peculiar, aquella que algunos han adjetivado como “atlántica”. Algo que hoy no interesa socialmente ni se le reconoce valor inmaterial alguno, cuando es una contribución esencial que aporta riqueza colectiva y capital simbólico. Sobre todo, teniendo en cuenta estos momentos de gran dificultad e incomprensión como los que hoy sufre aquí nuestro colectivo profesional.

Sin embargo, ahí no acaba la labor de las expresiones culturales. Luego hay que relatarlo, explicarlo y que sea conocido lo más ampliamente posible. Una tarea a la que contribuyó incansablemente José María Rodríguez Pastrana, tejiendo una red de relaciones internacionales potentísima. Sus trabajos fueron premiados localmente en múltiples ocasiones y expuestos reiteradamente en numerosos países europeos. Y las publicaciones internacionales e invitaciones a impartir conferencias en diversos continentes eran frecuentísimas hace quince años. Todavía recuerdo a José María revisando meticulosamente en la imprenta a altas horas de la tarde, las pruebas para uno de aquellos múltiples catálogos de la obra de AMP con destino a una exposición en Berlín.

Su inconformismo y rebeldía constante logró trascender un horizonte de mediocridad como el que nos atenaza en este espacio tan limitado que definen estas rocas de lava en medio de la mar. Porque nos señala el camino invariable para lograr un futuro mejor y más luminoso: aquel en el que es posible superar la mezquindad y las imperfecciones de nuestras pequeñas vidas cotidianas.

Buen viaje, José Mari y reposa en ese más allá anunciado. Seguimos recordándote en lo bisiesto.

 

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